Las amistades iniciadas a través de una red social siempre se han cargado de tintes prejuiciosos y peyorativos, por aquello de la distancia y de que nunca puedes saber, al cien por cien, si la persona al otro lado de la pantalla es en realidad quién dice ser. El tipo en cuestión puede ser menos guapo, o ser una chica morena en vez de rubia, pero eso, si se queda tras los muros de una red social mundial como es Twitter, te viene a dar un poco lo mismo.
El meollo del asunto es cuando, tras meses de largas conversaciones de madrugada en las que las bromas y el buen rollo caen a chorro a través de las teclas, esas personas que gracias a 140 caracteres se pueden comunicar, deciden emprender el viaje de sus vidas.
Esa es la manera en que, junto con otra amiga de Salamanca, conocí por fin, en persona, a una canaria con extensos caudales de simpatía en el aeropuerto de Barajas. Un poco tímidas al principio pero con una empatía bien marcada desde el primer momento, he acabado por deshacerme de todos esos prejuicios que han podido motear una Amistad A Través De Una Red Social.
En efecto, ese fue el primer momento mágico de todo este viaje a la capital del Imperio British. Tras un primer viaje en avión para la que ahora mismo os está contando esto (por Dios, me encantó el momento del despegue XD), cuarenta y cinco minutos de metro (con ataque de dementores incluido) y otros treinta de autobús (o guagua, si lo decimos en canario :P), mis compañeras y yo acabamos llegando a nuestro hotel de Russel Square, The Royal Nacional Hotel (o como unas señoras malagueñas bien dijeron, “Er’Royá”), a eso de casi las 9 de la noche españolas.
Con un fuerte y cerrado acento londinense por parte de los recepcionistas, por fin nos hicieron entrega de la llave para nuestra habitación. Nosotras, inocentes nosotras, esperábamos una tarjetita cómoda y monísima para poder abrir nuestro pequeño refugio. Pero, cuál es nuestra sorpresa, que el señor de la recepción nos entregó una varita mágica para poder abrir la puerta.
Cuarto piso, caminar un poco por el pasillo del Titanic y por fin llegábamos a nuestro armario empotrado nuestra habitación. La puerta solo se abría si introducías la varita y decías “Alohomora”, acompañado de una pequeña patada en la base para completar el hechizo. Hogwarts todavía se nos hacía un poco grande, como podéis comprobar.
Caímos rendidas en nuestras respectivas camas y nos dimos un tiempo para adaptarnos un poco a la habitación que, de haber pasado Mr. Bean en algún momento, no me habría parecido extraño. La habitación, por decirlo de una manera diplomática, dejaba un poco que desear: muy pequeña, demasiados muebles, y lo peor: el baño estaba dividido. Como leéis. ¿Que cómo es posible? A un lado, teníamos el inodoro y el bidé en una especie de hueco en la pared. Al otro, la ducha y el lavabo.
Al menos Mr. Bean no tenía baño. Punto a nuestro favor.
El mejor momento del día fue, desde luego, hacer el esfuerzo sobrehumano de salir a la calle y, unos metros más abajo, entrar en esa maravillosa red de supermercados llamada “Tesco”. Deberían hacer salvavidas con ese nombre porque, de verdad, es a lo que en realidad se dedican. Comida de todo tipo (no tan rica como la de mamá y/o la española en general, pero deliciosa igualmente), barata hasta extremos insospechados pero reales, que constituyeron nuestra cena de aquel día. Un sándwich de pollo a la parrilla, con una cocacola y unas patatas fritas que nos supieron a gloria sobre nuestro cuarto misterbeanado.
Y este fue solo el primer día.
Un abrazo y os quiere, MJ

Absolutamente espectacular la crónica. Que risa leyéndola y que emoción, porque consigues hacernos sentir como si estuviésemos con todo el equipo en la habitación de Mr. Bean. Disfruta con todo y no te pierdas los sitios emblemáticos. Ahora has conseguido que tengamos más ganas aún de ir a London town.
ResponderEliminarEstaremos atentos a las geniales noticias de nuestra red de corresponsales, impagables.
Un abrazo muy muy grande