Quinto día de nuestro viaje, y segunda mañana en que perdemos el desayuno, esta vez por voluntad propia. Tras haber comprobado el día anterior que el fin del mundo no llega al levantarte más tarde de las diez (porque a escasos metros tenemos los donuts que nos lo devuelven), mis amigas y yo nos hemos dado el gustazo de quedarnos un poco más en la cama. Porque nosotras lo valemos *golpe de melena Loreal*
Eso sí, no podíamos demorarnos mucho, porque por fin, esta mañana, hemos podido realizar ese plan tan anhelado como frustrado a lo largo de la semana. El tiempo, sin llegar a sonreírnos del todo, nos ha dado un descansillo para ir a la grandiosa, maravillosa y aclamada, Abbey Road.
Oh, Dios, ha sido una de las mañanas mejor empleadas de mi vida, os lo puedo asegurar. Tanto por el lugar en el que me encontraba, como porque a mis amigas y a mí se nos fue el pinzorro y, cruzando el mítico paso de cebra, destrozamos a pleno pulmón Hey Jude. Llegamos a oír cómo John Lennon se retorcía en la tumba, pero chico, nos lo pasamos como enanas.
Cómo explicaros el sitio. No sé si será cosa mía, pero creo que pude respirar el sonido de la música de todos los artistas que han grabado en aquel lugar. Es un enclave que todo friki amante de la música debería visitar alguna vez, porque de verdad, te sientes como en casa.
Además, como podéis comprobar en la primera foto, se puede escribir en la pared. Lo que más me sorprendió fue que todas y absolutamente todas las dedicatorias (al menos todas las que me dio por leer, y creedme: no fueron pocas) estaban dedicadas bien a los Beatles, bien al rock’n’roll. Todo el amor por la música estaba impregnado en esas paredes, las cuales un hombrito muy majo y amable, cada no sé cuántos días, se encarga de repintar de blanco para que otros puedan escribir sobre ella nuevas dedicatorias. Por supuesto, mis amigas y yo no nos fuimos sin dejar nuestra huella sobre la cal.
Pero aquella mañana todavía no se acabaría, y fuimos a visitar otro punto vital para todo friki: la majestuosa, prodigiosa y admirable, Baker Street. Residencia del brillante Sherlock Holmes y de su buen amigo, John Watson.
Lamentablemente, la silla de ruedas de una de mis amigas no pudo hacer frente a las escaleras de la casa de Holmes, así que nos tuvimos que conformar con la tienda de souvenirs que, ahora os digo, no deja nada que desear. Cara a rabiar, eso sí, la tienda consta de dos habitaciones, una de las cuales con forma de salón, en la que dispones de todo tipo de muebles de finales de s. XIX: un teléfono, escritorios, un sofá de época, bastones de Watson, pipas de Holmes, cajas de música (que poseyeron el alma de una de mis amigas), y gorros que costaban un porrón de libras, pero que podías utilizar para hacerte todas las fotos que quisieras y creerte uno de los personajes de Conan Doyle durante unos segundos. Si es que amo Inglaterra.
Ah, y por supuesto, tuvimos nuestra foto frente al 221B, con un cop súper majo que hablaba súper bajito.
Acto seguido y unos metros más abajo, nos colamos en la tienda de los Beatles. Una monada de establecimiento con precios desorbitados y cosas que sobrepasan la categoría de monada. En fin.
La tarde se nos echó encima, así que hicimos un alto en Marble Arch para comer nuestro delicioso pollo frito del KFC, mientras las palomas nos invadían y las mujeres musulmanas sacaban a relucir sus burkas sobre sus tacones de aguja. Cosas que no comprendo ni comprenderé.
Terminamos nuestro día, aparte de cansados, en el Disney Store de Oxford Street (sí, tenemos un bucle espacio-temporal con Oxford Street), donde pude retozar en mi propia histeria cuando me topé con la esquina dedicada única y exclusivamente a Piratas del Caribe. Trazas de mi feliz infancia pasaron por mis ojos al contemplar todo aquello.
Se ha acabado quedando buena tarde, pero el cansancio empieza a hacer estragos. Ahora voy a intentar tragarme un sándwich llamado “All Breakfast”, que contiene entre dos trozos de pan integral todo lo que los pérfidos albiones comen a primera hora de la mañana. Mis amigas han recogido mi testamento, no os preocupéis.
Un abrazo y os quiere, MJ













