¿Sabéis eso de recorreros de pé a pa el centro de una-diremos “grande”-ciudad, cruzar la calle más larga del mundo (algo así como el triple de la Gran Vía de Madrid) y patear todos los caminitos que están dibujados sobre la superficie de un parque legendario? Well, guys, that’s been my day, the second day of my trip.
Después de arañarle minutos al despertador y perder la batalla contra la voluntad de probar un desayuno inglés (¿pero vosotros sabéis lo que se meten a las 9-o 7, incluso- de la mañana? Huevos, bacon, judías, salchichas con ketchup… Oh, cielos), tras asegurarnos un desayuno esta vez continental con una deliciosa mermelada de frambuesa sobre una tostada y después de una precipitada visita al British Museum, mis amigas y yo nos encaminamos a Oxford Street, la calle más larga y adorable del mundo, al menos para mis ojos. Gentes de todas clases, colores y religiones iban de un lado a otro, entrando y saliendo de las interminables tiendas para turistas que pueblan esa avenida tan encantadora.
Y a propósito, ¿quién fue el inútil que extendió el rumor mundial de que los ingleses son unos bordes estirados? Porque me gustaría hacerle tragar sus palabras. ¿Quién si no más que los ingleses te piden perdón simplemente por cruzarse en tu camino? ¿Quién te hace salir saltando de una tienda por lo bien que te han tratado? ¿O te dejan pasar sí o sí cada vez que vas a cruzar la carretera? Y ya no digamos si te rozan mientras van caminando. Se quedan al borde de la reverencia.
Tras una achicharrante mañana de paseo por la ya nombrada Oxford Street, la recogida de otro compañero en King’s Cross, una vuelta a Oxford Street y finalmente Marble Arch, una lluvia helada y un viento gélido nos sorprendieron en pleno Hyde Park a mitad de la tarde mientras mis compañeros y yo disfrutábamos de una tumbada en la hierba frente al Serpentine Lake. Culpo a ese cambio de clima del catarro que acarreo ahora mismo según escribo.
Aun lloviendo, con una intensidad frío/agua que variaba intermitentemente, tomamos para merendar la otra mitad de Hyde Park que nos quedaba por ver (estatua de Peter Pan, fuente de Lady Di) y acabamos deambulando, ya dentro de la civilización pavimentada y surcada por coches (cabs y Minis en su mayoría), por las calles del centro en busca de Harrods, cuyo camino nos indicó un simpatiquísimo inglés de ojos azules que fue capaz de darnos la distancia en yardas, con una sonrisa y un traje impoluto que nos distrajo a unas cuantas mientras hablaba con su perfecto acento británico.
Y, si me permitís el juicio, diré que Harrods no es una tienda para alguien como nosotros. Si verdaderamente queréis ser felices y salir de un establecimiento con ganas de vomitar de la emoción y no de la repugnancia, visitad HMV. Nunca Harrods.
Pero qué puedo decir de esos almacenes. Solo que todas las náuseas que aquellos esnobs con delirios de aristocracia me pudieron provocar se disiparon en el momento en que, al salir y caminar un poco hacia abajo, a la altura de Kensington Road, me topé con otro inglés de ojos azules, esta vez sobre una moto Triumph de color negro brillante, cuyo manillar iba bien sujeto por un par de manos de pianista que reconocería en cualquier parte.
¿Era Hugh Laurie? Apostaría veinte libras a que sí.
Como comprenderéis, ya no le puedo guardar tanto rencor a los almacenes Harrods.d
Después de haber caminado setecientos mil kilómetros por el centro de Londres, estoy exhausta, escribiendo sobre mi cama de hotel no con muy buena letra, apoyada sobre una jaqueca atroz y un pinzamiento en la espalda. Pero nada que no se cure con un buen Kitkat y un té inglés a las 11:30 de la noche (12:30 en España).
Os dejo ya, que estoy muerta. Mañana más y mejor (intentaré enrollarme menos, I swear).
Un abrazo y os quiere, MJ.
P.D: Mis disculpas por extenderme tanto. Como compensación, os dejo estas fotos.
Aquí tenemos a Mr. Freddie Mercury, encabezando la entrada a la famosa Oxford St.
El Andén 9 y 3/4 (sí, se ha borrado el 4 y ahora parece un 1 ¬_¬), en King's Cross




A estas horas de la mañana, leer lo que se desayunan los británicos provoca los mismos ardores que tenía Ignatius en "La Conjura de los Necios". Desde luego Londres es para vivirlo y para disfrutar cada esquina. Espero que te empapes bien de las increíbles tiendas de vinilos y del apacible caracter que provoca esos mofletes blancos con círculos sonrosados...
ResponderEliminarBesos!!!
Tranquilo, que disfrutar, he disfrutado como nunca he hecho en la vida (menos en lo referente al desayuno. Oh, God...)
ResponderEliminarBesos!